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G.I.P.T.M. España: El secreto de Oña

viernes, 2 de septiembre de 2016

El secreto de Oña

Categoría: Investigaciones


Un lugar con historias de apariciones, sucesos paranormales, cosas inexplicables, etc, siempre suele coincidir con un lugar abandonado en el que hubo sufrimiento, muertes, pesadillas....

Pero, ¿y si juntamos varios lugares en uno? Por ejemplo un hospital psiquiátrico, un hospital militar de la guerra civil, un cementerio,... Entonces nos encontramos en el Hospital abandonado de OÑA, un pueblo de Burgos.

Su hospital militar fue el centro con mas capacidad de toda la provincia de Burgos, resultado del esfuerzo conjunto entre Cruz Roja y el Ejercito.
Se inauguro el 19 de marzo de 1937 y llego a hospedar a 1190 enfermos, con 100 camas para el personal sanitario interno.
En dicha zona hubo gran presencia de Legionarios Italianos que asistieron a luchar en la guerra, estos también fueron atendidos, incluso varios médicos de esa nacionalidad, un capitán y 5 tenientes trabajaron al servicio de las victimas en dicho hospital.
Los tenientes Gritti y Fornerone en Oña
Se registraron 100 fallecimientos entre los ingresados, 26 soldados Italianos entre ellos, casi todos fallecidos en Agosto de 1937, por lo que se tuvo que ampliar el cementerio de Oña, situandolo en contacto directo con el ala norte del propio hospital.
A la entrada del monasterio de Oña se coloco una placa en la que figuraban a la izquierda los legionarios Italianos, con sus nombres, rango y unidad, y a la derecha los Españoles, pero en el 2013 debido a la celebración de las edades del hombre, fue trasladada al cementerio.
El edificio no se conformo con ser un Hospital y cementerio, entrado el Siglo XX se convirtió en un Hospital Psiquiátrico.
Si en la actualidad, a pesar de los avances científicos y de respeto a los derechos humanos, las personas con enfermedad mental siguen siendo desconocidas, temidas y discriminadas, en el siglo XIX su situación era mucho más terrible. Tanto, que el médico de cámara de Isabel II, Pedro María Rubio, vivamente impresionado por lo que vio en el Hospital de Nuestra Señora de Gracia de Zaragoza, «infelices enfermos tratados peor que los mayores criminales», pidió al ministro de la Gobernación, Pedro José Pidal, que se pusieran en marcha medidas para mejorar su asistencia.

En enero de 1968, el superior de Castilla de los Jesuitas, Urbano Valero, dio posesión del Monasterio de San Salvador de Oña a la Diputación que, a partir de ese momento, lo convirtió en manicomio, término que ahora resulta obsoleto. Diez años después, en 1978, terminaron de llegar allí todos los enfermos burgaleses que estaban repartidos por otras provincias. Las últimas, fueron las mujeres ingresadas en el psiquiátrico de Mondragón.
Se hablaba de los pacientes psiquiátricos en la época: Tranquilos, excitados, furiosos y sucios. Los primeros eran ‘de índole pacífica’; de los furiosos se decía que «rompen cuanto encuentran a su alcance, amenazan a los celadores y se golpean a sí mismos» y con los sucios no pueden ser más explícitos: «Despiden un hedor insoportable (...) que impresiona con repugnancia a las más curtidas pituitarias. Solo los frecuentes baldeos y la ventilación excesiva lo contrarrestan».


Tras este pequeño detalle de historia para que sepáis lo que fue y pasó, toca explicar que es lo que a día de hoy se ve, oye y siente:


En su interior aún se pueden escuchar los alaridos que quedaron atrapados entre los muros acolchonados.
Hay una leyenda que cuenta que el director del hospital a veces aceptaba encerrar a personas completamente cuerdas, si los familiares de la víctima aceptaban pagarle una gran suma de dinero, tras de cobrar la herencia.

Precisamente se dice que uno de esos potentados fue llevado contra su voluntad hasta las puertas del hospital, para ser tratado como un interno más. A pesar de que ese individuo luchó con fuerza, con el único fin de escapar, siempre era encontrado por los vigilantes del hospital quienes no solamente lo encerraban sin comer en su cuarto, sino que a veces lo llevaban al sótano junto a la morgue, para practicarle sesiones de electroshok.

En uno de sus últimos intentos, dicho paciente logró coger un bisturí y amenazar a uno de los doctores con cortarle la garganta, si éste no lo ayudaba escapar de allí. Sin embargo, el director colocó a cinco de sus guardias mejor entrenados en las salidas de emergencia y aunque con un poco de trabajo, lograron neutralizarlo.

Al día siguiente, se les anunció a sus familiares del interno, que se le practicaría un procedimiento quirúrgico en el cual se llevaría a cabo una lobotomía, la cual se haría para bloquear las funciones nerviosas de su cerebro y así dejarlo prácticamente en un estado de animación suspendida.

Aquella noche los otros lunáticos del hospital psiquiátrico estaban haciendo demasiado ruido en sus cuartos, como previendo que un frenesí de venganza estaba por desatarse.

Tras la operación, salió el cirujano y les comunicó a los familiares del acaudalado paciente que el procedimiento había sido todo un éxito y que ya no deberían preocuparse de sus locuras, pues lo único que él podría ser de ahora en adelante sería beber sus alimentos a través de una pajilla.

Adicionalmente, dos horas más tarde el paciente falleció y su cuerpo fue llevado al depósito de cadáveres, en donde el patólogo le practicaría la autopsia de rutina. No obstante, cuando llegó el médico se dio cuenta de que en la sala no había restos que examinar.

Subió a la oficina del director a comentarle lo que había observado y al entrar a su despacho, se encontró con que la autoridad del psiquiátrico yacía moribunda sobre el escritorio.

Espeluznado el médico forense gritó:

– ¿quién fue, quién fue? Cuestionamiento que el director del hospital no pudo contestar, pues le faltaban tanto la lengua como sus dientes.

No transcurrieron ni dos meses, cuando la gente de esa localidad se enteró de que uno a uno los familiares de aquel inocente que fue llevado al manicomio habían muerto en circunstancias poco claras.
Esta historia se cuenta como hospital psiquiátrico, pero como hospital de la guerra civil los vecinos también cuentan sucesos:

Voces y gritos en salas vacías, puertas que se abren y se cierran solas, alarmas que saltan sin que se encuentre la causa técnica de este fallo. Son algunos ejemplos de los hechos denunciados a lo largo de los años por transeúntes y policías que por ahí pasaban.

Historias sobre duendes y fantasmas que subían por las noches a las habitaciones de algunos enfermos para anunciarles que su muerte estaba próxima eran muy comunes entre los soldados que allí fueron ingresados, pasando de boca en boca, creando una leyenda negra a un hospital al que ningún herido quería ser trasladado.

A día de hoy se encuentra cerrado el acceso y habría que solicitar permiso para realizar investigaciones paranormales en el, no obstante las historias han dado lugar a un macabro recorrido organizado por el ayuntamiento local, en el que decenas de artistas han depositado ahí obras, dejadas, sin mantenimiento ni colocación, además de la entrada al cementerio, con una montaña de escombros, enredaderas cubriendo pórtico y tumbas... esta dejadez confiere al lugar un aire sombrío.
Una mujer señala una de las ventanas y comenta que siempre le impresiona verla. Esto es lo que miraba la mujer:

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